martes, 23 de noviembre de 2010

Sobre las críticas

Nadie quiere criticar. Las personas socialmente inteligentes evitan hacer críticas, pues saben por experiencia que lo contrario es la forma más fácil de ganarse antipatías. Es un hecho constatado por la psicología social: nos caen mejor las personas que concuerdan en todo con nosotros, más que las que difieren aunque sea un poco. En nuestro inconsciente la crítica se toma como una afrenta y de ahí la tendencia a rechazar a quien nos critica. Y, sin embargo, ¿qué sería del mundo sin ella? La ciencia, la filosofía, la política misma serían impensables. Por dolorosa que pueda ser, la crítica tiene una importante función: es motor del cambio y, a veces, del progreso. No obstante, se suele condenar a los críticos por las razones anteriormente mencionadas. Se dió un gran paso el día en que alguien contuvo su natural tendencia a la confrontación, a la defensa de sí mismo, y consideró con serenidad las críticas que alguien le hizo. Y fue un gran acto de nobleza el día en que se profirió una crítica no con el ánimo de desprestigiar o destruir, sino de mostrar las falencias y motivar el perfeccionamiento.

Suele distinguirse entre críticas destructivas y constructivas. Para hacer la diferencia entre unas y otras usamos pistas contextuales. En qué momento se hacen las críticas, frente a quién, con qué palabras, en qué tono, con qué gestos, etc., son algunas de ellas; por supuesto, también consideramos el grado de objetividad, es decir, qué tanto se ajustan las críticas a la realidad. Debido a la cantidad de factores en los que nos apoyamos para reconocer una crítica bien intencionada, suele ser toda una proeza hacer una que, siendo eficaz, no hiera la autoestima ni los sentimientos de otros. También suele ser una proeza el saber identificar una intención constructiva en una persona que, a la hora de emitir sus críticas, no es muy hábil en el manejo de las pistas contextuales. En la academia se mezcla un poco de todo, pero se procura siempre que por sobre las pistas contextuales, pese la objetividad. Y por eso mismo se prefiere muchas veces la crítica por escrito que el debate oral, pues en este suelen acalorarse las pasiones y olvidarse por completo que lo que se persigue es mayor comprensión o más claridad. No sucede lo mismo en el mundo de la política, ni en el trabajo, el barrio o el hogar. Casi siempre allí las críticas se hacen para dañar la imagen o herir la autoestima. No hay la más mínima intención de promover un cambio positivo en el otro, se trata simplemente de una guerra en la que pierde el que quede públicamente peor parado o emocionalmente más herido. Y aún así, la crítica es importante: ya para crecer, ya para atacar, ya para defender.

Considerada en sí misma, una crítica no es ni buena ni mala, ni constructiva ni destructiva. Puede ser verdadera o falsa, justa o injusta, razonable o no. Es la intención y también la forma en que interpretamos las críticas lo que las hace destructivas o constructivas. En todo caso, respetar ciertas pautas suele disminuir las posibilidades de que sean tomadas de forma negativa. Buena o mala, la crítica tiene su lugar en el mundo. Ni condenarla, ni marginarla: usarla sabiamente para los diversos propósitos que le hemos conferido y si nos critican, saber identificar no sólo las intenciones, sino el grado de objetividad, para aprovecharlas en caso de que sean ajustadas y responderle a cada cual como debe ser.