domingo, 7 de noviembre de 2010

El lugar de la lógica clásica en la filosofía

Podemos dividir la lógica actual en dos: la lógica clásica y la lógica no-clásica. La primera es la fundada por Frege y Russell que subsume también la silogística de Aristóteles. La segunda está compuesta por un sinúmero de ramificaciones: la lógica polivalente, la lógica difusa, la lógica modal, la lógica deóntica, la lógica paraconsistente, etc. Hablaré de la lógica clásica, que es la que más conocemos. Es un lugar común decir que ésta lógica es vacía de contenido, pues no nos sirve ni para determinar la verdad ni para aclarar el significado de ciertas expresiones. De ahí que muchos la desechen, pues las cuestiones sustanciales parecen quedar por fuera de la lógica. Esa visión de la lógica, sin embargo, es parcialmente cierta. En filosofía muchas veces la verdad de una cuestión se decide mediante la argumentación. Un buen argumento debe cumplir dos condiciones: que sus premisas sean verdaderas y que la conclusión se derive de ellas, lo cuál garantiza que el argumento es válido. Así, pues, si un argumento es inválido, podemos desecharlo y no tenerlo en cuenta para decidir la verdad de cierta cuestión. En la medida en que la lógica clásica es, en parte, un sistema para decidir si un argumento es válido o no, es útil para determinar qué argumentos filosóficos sirven. Sin embargo, no es suficiente la lógica para determinar esto, pues hay argumentos válidos con premisas falsas y esos también deben ser desechados. Así, pues, la lógica sí sirve para decidir sobre cuestiones de verdad o falsedad vía el examen de los argumentos, pero no es suficiente ella para hacerlo, se requiere de otra cosa: el examen de la verdad de las premisas. Es cierto que no requerimos de la lógica para detectar falacias o argumentos inválidos, pero ella agudiza nuestra sensibilidad y refina nuestras técnicas permitiéndonos mostrar con claridad las razones por las cuáles un argumento es inválido. Por otro lado, es cierto que la lógica no nos ayuda a aclarar el significado de muchas expresiones. Pero eso no significa que no haya concepciones semánticas a la base de la lógica clásica. Por ejemplo, comprender la palabra "existe" como un operador y no como un predicado es una concepción semántica supuesta en la lógica clásica (de nuevo, la representada por Frege); también lo es el concebir las oraciones NO como una combinación de sujeto y predicado, sino como una combinación de diversos elementos: operadores, predicados, variables, etc. Esas preconcepciones semánticas de la lógica imponen cierta lectura de los argumentos filosóficos y cotidianos, que en algunas ocasiones los problematiza y en otras los aclara. He ahí otra de las bondades, si se quiere decir así, de la lógica clásica. Muchas discusiones, sin embargo, pueden darse a partir de lo dicho, sobre todo las que pueden generarse desde el lado de las lógicas no-clásicas. Es probable que, al discutir con ellas, lleguemos a la conclusión de que cada lógica tiene su ámbito de aplicación específico y preste su servicio a ciertas áreas de la cultura y de la ciencia. En el caso de la lógica clásica, funciona para una buena parte de la ciencia y de los argumentos que damos en filosofía y en la vida cotidiana, pero muchas otras cosas o asuntos más quedan fuera de su alcance.