martes, 9 de noviembre de 2010

De la inutilidad y la impopularidad de la filosofía

En una época en la que la tecnología está por doquier, en la época del internet, del iphone, de los celulares, de los blackberry y la masificación de los portátiles, en una época de continuo avance científico, de una mayor comprensión del funcionamiento del universo y de nuestro cerebro, en una época de robótica avanzada y de inteligencias artificiales cada vez más cercanas a la nuestra, puede uno preguntarse por la importancia, la relevancia y la actualidad de la filosofía. ¿Qué tiene que decirle la filosofía a un mundo que lentamente se ha decantado por sistemas democráticos, capitalistas con diverso grado de control estatal, un mundo controlado por unas cuantas potencias ávidas de energía y al borde del colapso? ¿Qué tiene que decirle a un mundo que ha visto cómo indios, chinos y japoneses han comenzado la exploración del espacio y la búsqueda de fuentes de energía potentes y limpias a la par de las grandes potencias europeas y de América del norte? Escribir un libro de filosofía para el público en general en una época como esta es una osadía para el escritor y para el organismo que apoya y promueve su publicación. Es de verdad difícil. Difícil porque tiene que enfrentarse con el prejuicio extendido de que la filosofía no sirve para nada, porque, además, tiene que competir con muchos otros productos culturales de aplicaciones más amplias, de mayor interés o atractivo para el mercado. Aunque suene a cliché o repetición, no puede uno dejar de mencionar estos aspectos a la hora de escribir filosofía, pues todos los que nos dedicamos a ella y queremos hacerla extensiva a un público más amplio y suscitar en él su interés, tenemos que enfrentarnos a ese problema. 
Pero, entonces, ¿qué tiene que darle la filosofía al mundo de hoy en día? ¿En qué sentido puede resultarnos útil o atractiva? Sin duda, la filosofía no es tan llamativa como las películas de Hollywood ni tiene el nivel de aceptación de los número uno de la revista Rolling Stones. Es un hecho obvio que lo que hasta la fecha se ha considerado filosofía no sirve para hacer puentes, para producir pan o crear empleo, al menos no de un modo directo o evidente. Ese hecho ha servido para que algunos decreten de una vez por todas su inutilidad y la tiren por la borda sin siquiera conocerla. Pero, por un lado, la filosofía es útil y, por otro, hay en nuestras sociedades multitud de actividades y productos cuya utilidad es dudosa, pero que aún así consideramos valiosos. Es el caso de las obras de arte, del cine o de la música. En sí misma la música no quita el hambre, ni con ella se puede crear un puente o resolver un problema de empleo. Sin embargo, valoramos la música, hasta el punto de que pagamos por ella, compramos CD´s, vamos a conciertos y admiramos a los que hacen buena música, aunque sea música distinta. Alguien podría decir que, entonces, la música sí tiene utilidad, que la utilidad de ella es entretener o agradar o expresar; pero si esto así, entonces la filosofía también es útil en ese sentido, porque también ella entretiene y agrada a algunos. La diferencia estriba en que la música, el cine y el arte pueden ser apreciados con mucha más facilidad y son más asequibles para el común de la gente.
Y es que para comprender la filosofía hay que dedicar tiempo, esfuerzo y tener mucha paciencia. El gusto por la filosofía suele darse después de un arduo período de enfrentamiento con la misma. Sin embargo, puesto que los seres humanos buscamos la economía y la practicidad, tomamos la decisión de no invertirle mucho tiempo, más aún cuando tenemos problemas que consideramos urgentes y no percibimos la razón por la que habríamos de hacerlo. De ahí, a declarar inútil a la filosofía, sólo hay un paso y de ahí, al desprecio de la misma, otro. Y si le agregamos la dificultad que entraña, es fácil ver por qué muchos de los que a ella se acercan por primera vez se frustran, se aburren o tienen una experiencia desagradable.

Impopularidad, inutilidad, consecuencias que a pocos importan, en fin, todas esas son razones por las que al público en general no le gusta la filosofía. Mientras tanto, los filósofos suelen concentrarse en su trabajo e ignorar el resto. Escriben filosofía para filósofos, no esperan que otro público tenga acceso a ellos, pero si por ventura se les pregunta, dirán que su obra es para los que quieran hacer el esfuerzo de entender. También se suelen defender diciendo que la filosofía es para unos cuantos o que para nada importa que la gente los entienda. Pero, incluso en el supuesto de que se hicieran entender, sigue siendo difícil que las personas comunes lean a Platón o a Aristóteles directamente sin aburrirse. Ese es otro problema de la filosofía: con algunos autores no queda otra, más que hacer el esfuerzo. Y lo mismo con algunos temas: hay unos que por su naturaleza no pueden ser tratados o expuestos para el público en general a menos que éste tenga el suficiente bagaje conceptual para comprenderlos. Así, pues, no se puede aspirar a hacer atractiva toda la filosofía y accesible a la mayoría del público.
No todas las personas, sin embargo, van a ser filósofas; algunas tan sólo quieren leer un poco, aprender algo, ilustrarse y comprender. Si esas son las aspiraciones del público no filósofo con las obras escritas en general, ¿por qué no ofrecerle justamente eso: algo atractivo, interesante de manera que pueda comprender lo que dice y ha dicho la filosofía? Creo que eso es posible y es necesario. Los filósofos no sólo deben trabajar en sus respectivos círculos, con sus respectivos temas, unos dedicados a la reflexión de la verdad, otros dedicados a la interpretación, otros a la persuasión y otros a la expresión. También deben trabajar para el público, para mejorar la imagen de la filosofía, para hacerla accesible a muchas personas. A algunos filósofos les parecerá despreciable esta tarea, ya por prejuicios anticapitalistas o antimercantilistas, ya por la convicción de que hacer esto sería rebajarse. Soy respetuoso de esos prejuicios, pero, desde mi perspectiva, es bueno combatir el error y lo que me molesta profundamente es el prejuicio extendido que la gente tiene de la filosofía y la responsabilidad que recae en muchos de los filósofos al no combatir dicho prejuicio.